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PALAU: el paraíso existe
Texto, fotos y video por Gustavo Gerdel

Mis grandes pasiones (el buceo y la fotografía paisajística), me llevaron hasta los rincones más increíbles del planeta. Esos lugares, en los que hasta un solitario, desea rodearse de testigos que lo eximan de la casi imposible misión de encontrar palabras que describan, aunque sea en parte, tanta belleza.

Mi afán por conocer lugares que superen a los ya visitados, me llevaron a Palau, lugar al que arribé luego de 5 cambios de avión y casi 3 días de vuelo.

Este exótico paraíso tropical, es uno de los países más jóvenes y menos poblados del mundo. Se encuentra exactamente del otro lado del globo, al norte de Papua - Nueva Guinea e Indonesia, y es bañado por las aguas del Mar de Filipinas y del Océano Pacífico.

Su principal atractivo es un archipiélago formado por 300 islas, cuya estructura coralina se esconde caprichosamente bajo un tapizado verde tan intenso como la transparencia del agua que las rodea, conformando un laberinto de canales color esmeralda, del que uno nunca quisiera salir.

 
 

Palau es conocido como el paraíso mundial del buceo, pero paradójicamente, no es necesario bucear, ni siquiera hacer snorkel, para quedar maravillado por su paisaje subacuático. Con sólo realizar un romántico paseo en kayak por sus tibias aguas, es posible divisar más peces y corales que en todo el film "Buscando a Nemo".

Al sumergirme en sus cálidas aguas, sentí que estaba ingresando a lo que Arthur Conan Doyle describe como "El Mundo Perdido".

Era difícil creer que fuera realidad, que no se trataba de una animación o un documental cuidadosamente editado para lograr que todo lo maravilloso que había visto en mi vida de buceador, coexista en el mismo intervalo de espacio y tiempo.

Era como un resumen de lo apreciado en todos los buceos que realicé en mi vida. Todo estaba allí, en el mismo lugar, en la misma inmersión, y en el mismo instante.

Amistosas manta rayas de 7 metros, exponían su coreografía como si se tratara de la más exquisita danza clásica. Estas delicadas bailarinas oceánicas de más de 2000 Kg de peso, deslizaban sus inmensas alas exhibiendo un repertorio inimaginable de precisos y coordinados movimientos artísticos.

Inmensas tortugas avanzaban suavemente, mientras mantenían ingrávidos sus enormes caparazones sobre el azul profundo. Bancos de rayas águilas con su delicado aletear sobrevolaban el arrecife coralino como pájaros de las profundidades.
Cardúmenes de tiburones grises desfilaban frente a mis ojos con su elegante e imponente porte, como tratando de mostrar con desesperación, que todo lo que se dice de ellos no es verdad, que son animales maravillosos y que la enemistad con los humanos no es nada más que un mito creado por Hollywood con fines comerciales.

Mientras estos imponentes habitantes del azul desfilaban frente a mí, infinidad de peces payaso jugaban a las escondidas en sus anémonas. Inmensos cardúmenes de atunes, besugos y barracudas le agregaban plateados al paisaje.

 
 



Pero las misteriosas aguas de Palau no albergan sólo peces. También esconden celosamente uno de los capítulos más trágicos de la historia humana.
Es que en esos mares, se encuentra lo que en el ambiente del submarinismo se conoce como la Meca del buceo de naufragios: La Isla de Truk Lagoon, en cuyos enigmáticos fondos yace a modo de cementerio subacuático, la mayor cantidad de barcos hundidos que pudiera existir en algún mar de este planeta. Se trata de la flota japonesa naufragada en la Segunda Guerra Mundial, conformada por más de 200 embarcaciones de todas las características y portes, que los gobernantes han declarado patrimonio cultural y natural, convirtiéndolas en Parques Nacionales subacuáticos.

Bucear en estos naufragios es el anhelo de todos los historiadores y especialistas en la Segunda Guerra. La sepultura de agua que alberga a estas embarcaciones en un lugar tan alejado, sumado a la protección que brinda la legislación local, mantiene a estos tesoros históricos como indemnes testigos del paso del tiempo, conservándolos en el mismo estado en el que se encontraban hace más de 62 años, pero bajo un formato mucho más atractivo y noble.

Se hallan casi totalmente cubiertos por corales de todas las formas y colores, conformando un arrecife artificial que además de poseer una belleza incomparable, constituye una fuente de alimento y albergue a peces de las más diversas especies, siendo estos, los nuevos tripulantes de una nave de guerra que tiempo atrás transportaba muerte, y que por esos caprichos del destino, tantos años después se convirtió en una máquina generadora de vida.

Pero en Palau no todo lo enigmático es patrimonio exclusivo del ámbito subacuático. Afuera de las transparentes aguas que acarician sus blancas arenas, los habitantes nos dejan ver su exótica cultura, cuyos orígenes ancestrales provienen de Polinesia, Melanesia y Micronesia.

Una de las excentricidades, es el impedimento legal para los habitantes de esas islas, de contraer matrimonio entre sí. Cuenta la leyenda que todos los palauanos fueron engendrados por la misma familia, por lo que cualquier lazo implica consanguinidad.

Los matrimonios están permitidos únicamente con extranjeros, los cuales podrán esposar a una palauana a cambio de ser su único soporte económico, debiendo la esposa dedicarse únicamente a las tareas hogareñas. De este modo el gobierno otorga al flamante marido la visa y permiso de residencia, beneficio que se pierde instantáneamente en caso de separación o divorcio.

Al retirarme, a modo de saludo de despedida, y a la más fiel usanza argentina, besé en la mejilla a la camarera del hotel, palauana ella, quien me sirvió el desayuno durante los 15 días que duró mi estadía en ese paraíso.
Es imposible describir la cara de la muchacha. Los siguientes 10 minutos se dedicó a recolectar todos mis datos (dirección, teléfono, email, etc), que con gusto suministré como el clásico intercambio natural que los viajeros realizamos en los momentos de despedida y que atesoramos como uno de nuestros logros más valiosos: nuevas amistades.

Pero grande fue mi sorpresa al enterarme que esta gentil dama, había interpretado mi saludo como una propuesta matrimonial, de acuerdo con la costumbre lugareña que obviamente yo desconocía.

Al ver que mi estado civil corría peligro, mis últimos momentos en esa isla tan lejana fueron dedicados a esclarecer la situación.

Y todo llega a su fin. Había que regresar. Me esperaban 54 horas de vuelo, pasando por Guam (Islas Marianas), Hawaii, Los Angeles, hasta arribar a nuestro hogar sudamericano.

Cada segundo de ese largo viaje está totalmente justificado; porque Palau es el lugar soñado, inimaginablemente hermoso y misterioso. El sitio que Dios preserva como último vestigio de la depredación del hombre, y en el que este esconde celosamente sus más terribles pecados. Es el testigo irrefutable de que el Edén existe.

 
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