Mis grandes pasiones (el buceo y la fotografía
paisajística), me llevaron hasta los rincones
más increíbles del planeta. Esos lugares,
en los que hasta un solitario, desea rodearse de
testigos que lo eximan de la casi imposible misión
de encontrar palabras que describan, aunque sea
en parte, tanta belleza.
Mi afán por conocer lugares que superen
a los ya visitados, me llevaron a Palau, lugar al
que arribé luego de 5 cambios de avión
y casi 3 días de vuelo.
Este exótico paraíso tropical, es
uno de los países más jóvenes
y menos poblados del mundo. Se encuentra exactamente
del otro lado del globo, al norte de Papua - Nueva
Guinea e Indonesia, y es bañado por las aguas
del Mar de Filipinas y del Océano Pacífico.
Su principal atractivo es un archipiélago
formado por 300 islas, cuya estructura coralina
se esconde caprichosamente bajo un tapizado verde
tan intenso como la transparencia del agua que las
rodea, conformando un laberinto de canales color
esmeralda, del que uno nunca quisiera salir.
Palau es conocido como el paraíso mundial
del buceo, pero paradójicamente, no es necesario
bucear, ni siquiera hacer snorkel, para quedar maravillado
por su paisaje subacuático. Con sólo
realizar un romántico paseo en kayak por
sus tibias aguas, es posible divisar más
peces y corales que en todo el film "Buscando
a Nemo".
Al sumergirme en sus cálidas aguas, sentí
que estaba ingresando a lo que Arthur Conan Doyle
describe como "El Mundo Perdido".
Era difícil creer que fuera realidad, que
no se trataba de una animación o un documental
cuidadosamente editado para lograr que todo lo maravilloso
que había visto en mi vida de buceador, coexista
en el mismo intervalo de espacio y tiempo.
Era como un resumen de lo apreciado en todos los
buceos que realicé en mi vida. Todo estaba
allí, en el mismo lugar, en la misma inmersión,
y en el mismo instante.
Amistosas manta rayas de 7 metros, exponían
su coreografía como si se tratara de la más
exquisita danza clásica. Estas delicadas
bailarinas oceánicas de más de 2000
Kg de peso, deslizaban sus inmensas alas exhibiendo
un repertorio inimaginable de precisos y coordinados
movimientos artísticos.
Inmensas tortugas avanzaban suavemente, mientras
mantenían ingrávidos sus enormes caparazones
sobre el azul profundo. Bancos de rayas águilas
con su delicado aletear sobrevolaban el arrecife
coralino como pájaros de las profundidades.
Cardúmenes de tiburones grises desfilaban
frente a mis ojos con su elegante e imponente porte,
como tratando de mostrar con desesperación,
que todo lo que se dice de ellos no es verdad, que
son animales maravillosos y que la enemistad con
los humanos no es nada más que un mito creado
por Hollywood con fines comerciales.
Mientras estos imponentes habitantes del azul desfilaban
frente a mí, infinidad de peces payaso jugaban
a las escondidas en sus anémonas. Inmensos
cardúmenes de atunes, besugos y barracudas
le agregaban plateados al paisaje.
Pero las misteriosas aguas de Palau no albergan
sólo peces. También esconden celosamente
uno de los capítulos más trágicos
de la historia humana.
Es que en esos mares, se encuentra lo que en el
ambiente del submarinismo se conoce como la Meca
del buceo de naufragios: La Isla de Truk Lagoon,
en cuyos enigmáticos fondos yace a modo de
cementerio subacuático, la mayor cantidad
de barcos hundidos que pudiera existir en algún
mar de este planeta. Se trata de la flota japonesa
naufragada en la Segunda Guerra Mundial, conformada
por más de 200 embarcaciones de todas las
características y portes, que los gobernantes
han declarado patrimonio cultural y natural, convirtiéndolas
en Parques Nacionales subacuáticos.
Bucear en estos naufragios es el anhelo de todos
los historiadores y especialistas en la Segunda
Guerra. La sepultura de agua que alberga a estas
embarcaciones en un lugar tan alejado, sumado a
la protección que brinda la legislación
local, mantiene a estos tesoros históricos
como indemnes testigos del paso del tiempo, conservándolos
en el mismo estado en el que se encontraban hace
más de 62 años, pero bajo un formato
mucho más atractivo y noble.
Se hallan casi totalmente cubiertos por corales
de todas las formas y colores, conformando un arrecife
artificial que además de poseer una belleza
incomparable, constituye una fuente de alimento
y albergue a peces de las más diversas especies,
siendo estos, los nuevos tripulantes de una nave
de guerra que tiempo atrás transportaba muerte,
y que por esos caprichos del destino, tantos años
después se convirtió en una máquina
generadora de vida.
Pero en Palau no todo lo enigmático es patrimonio
exclusivo del ámbito subacuático.
Afuera de las transparentes aguas que acarician
sus blancas arenas, los habitantes nos dejan ver
su exótica cultura, cuyos orígenes
ancestrales provienen de Polinesia, Melanesia y
Micronesia.
Una de las excentricidades, es el impedimento legal
para los habitantes de esas islas, de contraer matrimonio
entre sí. Cuenta la leyenda que todos los
palauanos fueron engendrados por la misma familia,
por lo que cualquier lazo implica consanguinidad.
Los matrimonios están permitidos únicamente
con extranjeros, los cuales podrán esposar
a una palauana a cambio de ser su único soporte
económico, debiendo la esposa dedicarse únicamente
a las tareas hogareñas. De este modo el gobierno
otorga al flamante marido la visa y permiso de residencia,
beneficio que se pierde instantáneamente
en caso de separación o divorcio.
Al retirarme, a modo de saludo de despedida, y
a la más fiel usanza argentina, besé
en la mejilla a la camarera del hotel, palauana
ella, quien me sirvió el desayuno durante
los 15 días que duró mi estadía
en ese paraíso.
Es imposible describir la cara de la muchacha. Los
siguientes 10 minutos se dedicó a recolectar
todos mis datos (dirección, teléfono,
email, etc), que con gusto suministré como
el clásico intercambio natural que los viajeros
realizamos en los momentos de despedida y que atesoramos
como uno de nuestros logros más valiosos:
nuevas amistades.
Pero grande fue mi sorpresa al enterarme que esta
gentil dama, había interpretado mi saludo
como una propuesta matrimonial, de acuerdo con la
costumbre lugareña que obviamente yo desconocía.
Al ver que mi estado civil corría peligro,
mis últimos momentos en esa isla tan lejana
fueron dedicados a esclarecer la situación.
Y todo llega a su fin. Había que regresar.
Me esperaban 54 horas de vuelo, pasando por Guam
(Islas Marianas), Hawaii, Los Angeles, hasta arribar
a nuestro hogar sudamericano.
Cada segundo de ese largo viaje está totalmente
justificado; porque Palau es el lugar soñado,
inimaginablemente hermoso y misterioso. El sitio
que Dios preserva como último vestigio de
la depredación del hombre, y en el que este
esconde celosamente sus más terribles pecados.
Es el testigo irrefutable de que el Edén
existe.